Por: Arturo
Ruiz, El Súper Cívico.
Esta
Reflexión va dedicada a los familiares de las víctimas de delitos violentos y
particularmente a los Periodistas por exponer su vida al escribir críticamente
con verdad y libertad.
Me
gustaría hablar de flores, de amor de una humanidad sensible y solidaria entre
sí, pero no es posible en las actuales circunstancias, porque la violencia,
muerte y zozobra se han enseñoreado de mi tierra.
Las
sombras aterradoras del temor están presentes en los seres, bajo la piel y los
gestos que se resisten a ceder ante la inminente presencia del peligro.
Latente
desde lo más íntimo de la mayoría de las personas, un grito ahogado subyace
bajo la cotidianidad del dialogo, del cariño y de las sonrisas.
Infranqueable
parece de pronto el ignominioso muro que tenemos frente a nuestros ojos,
construido a base de ladrillos de tristeza y de pobreza, unidos con la carne y
sangre de víctimas de las asesinas armas de hombres sin rostro definido, que
actúan desde el anonimato cobarde, bajo un manto de impunidad construido por
autoridades ineptas o cómplices.
Si de
flores he de hablar en estos tiempos, será solo de flores que entrelazadas
conforman ofrendas mortuorias, coronas de despedida o silvestres flores salpicadas
por la sangre de los caídos.
Mis
mujeres muertas, tan ellas, tan víctimas, sin distingo de su forma de vida que
en nada justifica su cruento final.
Mis
muertos, tan míos, por el solo hecho de ser humanos y que siendo o no culpables
de algún acto delictivo, no merecían morir asesinados a manos de otros.
En mi
tierra y en mi tiempo, el imperio de la ley se queda en papeles, en letras
muertas… los jueces se basan en tecnicismos que alejan la justicia de sus
arbitrios… los poderosos al amparo del dinero compran conciencias y sentencias.
Los pobres
sin el amparo de una buena defensa, terminan siendo doblemente víctimas, por
una parte de un gobierno que no los saca de la pobreza y por otra de parte de
un sistema que te convierte en víctima o en victimario.
La tristeza
de mis pasos, percute a cada uno de mis huesos, la carne se cimbra, los bellos
se erizan y por mis ojos ya no emanan lágrimas… solo miradas ausentes de
asombro y llenas de coraje ante la injusticia que campea en todo el horizonte
nacional.
Hasta cuando
debemos tolerar calladamente el ulular de sirenas, o los estruendos de las
armas que truncan vidas, hasta cuando debemos seguir escuchando una música
monótona, que sin letras nos evocan solo lo material del sexo, del dinero y del
poder… mientras entre los dedos y entre los sueños se nos escapan de nuestras
vidas los sentimientos de amor, de admiración por el encanto de las flores, de
la belleza de las nubes, del encanto de las palabras y de la magia de las
miradas y sonrisas de los otros que son como uno mismo.
La muerte
de nuestro pueblo no es justa, la muerte de mis niños, hombres y mujeres no son
muertes bilógicamente naturales a causa de enfermedades o vejez. Son muertes
anticipadas, brutales y grotescas. Y existen causantes directos: los asesinos materiales.
Y otro culpable mayor: el mal gobierno y sus políticos perversos que dejan
hacer o mandan ejecutar.
Por eso,
hoy no puedo hablar de flores, ni de amor, ni de sueños… dejare por un tiempo
castigada la esperanza y permitiré que desde dentro surja la inconformidad,
esperando que esta sea incontenible, suficiente y contagiosa, para poner un
alto a lo que pasa… porque si no cambiamos el presente, el futuro ya no será
nuestro, ni tuyo ni mío, sino de aquellos carentes de escrúpulos que no nos ven
como personas, sino como carne viviente, susceptible de saciar sus apetitos
materiales de sexo, poder y dinero.
Y mientras
estas letras articuladas en palabras tristes, relatan mis sentimientos, otros
siguen negando su propia tragedia, vendados por superficiales y monótonos
hábitos que les impide entender que la muerte de otros, es también su propia
muerte… ¿O no?

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