Semblanza
de un Educador excepcional
De: Rogelio Amaral Barragán.
Cada que llega el 15 de mayo, al celebrarse en México "El día del Maestro", vienen a mi mente los recuerdos de insignes Maestros de los cuales tuve el honor -y el privilegio- de ser discípulo. Así, en mi etapa de alumno de primaria sobresalen Refugio Rolón Álvarez y Leoncio Torres Díaz. En mi paso por la secundaria se distinguen con luminosidad el R.P. José Estrella -en Guadalajara- y Antonio Ponce Aguilar, en Tijuana, que afortunadamente aún se encuentra entre nosotros. En cambio, durante mi proceso de formación como Maestro Normalista en La Paz, Baja California Sur, descuellan Domingo Carballo Félix y, muy especialmente, Ángel Fort Amador. Hagamos memoria:
Corrían los primeros días de julio de 1962. Un nutrido grupo de jóvenes estudiantes del norte de la Baja California nos hicimos presentes en la capital del por entonces Territorio Sur, tras haber sido rechazados -en muchos casos injustamente por vicios políticos de la época- en la Escuela Normal Fronteriza de Mexicali. Desde luego, los norteños fuimos vistos como intrusos y como una desleal competencia para los aspirantes sudcalifornianos a un cupo en la Benemérita Escuela Normal Urbana Federal de La Paz.
Luego de suspender -con toda
saña- la fecha del examen por tres ocasiones -lo que mermó notoriamente el
número de los solicitantes
norteños- los recursos menguaron y terminamos dejando sin hojas y sin frutos
los huertos de los vecinos de esa Benemérita
Escuela. Era obvio entender el por qué los oriundos del norte no éramos gratos
en términos generales.
Con los recursos de todos
hicimos un fondo común pero el hambre nos acosaba. Las compañeras Mercedes
"Meche", María Dolores "Madolys"
-de Mexicali ambas- y Socorro "Coyito", de Tijuana, hicieron milagros
para nosotros con unas cuantas papas y frijoles.
Fue una tarde de fines de
agosto cuando se presentó en el campamento de los hambrientos aspirantes
procedentes del norte peninsular,
un auto que sonó repetidamente la bocina frente al portón donde acampábamos y
el conductor -que resultó ser el Profesor
Ángel Fort Amador- abriendo la cajuela del auto, nos obsequió con un suculento
asado y una enorme canasta rebosante con tortillas de harina, esto último
regalo de su esposa, lo que nos ayudó a sobrevivir los tres días adicionales que aún habrían de transcurrir
antes de que un Maestro de apellido Pacheco, enviado desde la Ciudad de México,
ordenara -al fin- la
aplicación del Examen de Admisión. De más está decir la cantidad de problemas
que se granjeó el referido Maestro al seno
de los más celosos de sus colegas. Los norteños que sobrevivimos, quedamos
-casi todos- admitidos. Para Ángel Fort Amador
-nuestro querido e inolvidable Maestro de Técnica de la Enseñanza, ya finado-
nuestra eterna gratitud y respeto.
A todos los Maestros de México y del mundo, nuestros mejores deseos por que hayan disfrutado de su día rodeados del afecto de sus alumnos y ex alumnos.
A todos los Maestros de México y del mundo, nuestros mejores deseos por que hayan disfrutado de su día rodeados del afecto de sus alumnos y ex alumnos.
Vale.

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