Columna de análisis social, cultural, político y económico.
Mamotreto sin mayores expectativas que el ser leído por no más de seis fieles
seguidores tan tocados y compulsivos como el autor, siempre idealista y
jacarandoso.
Advertencia. El Tribunal de la fe política avisa a los
lectores de este pasquín que sobre ellos se cierne el riesgo de ser expulsados
del paraíso transexenal, conste. Año II, Tomo II, Época II, Número 098, Edición
5 de septiembre de 2017.
"DON'T CACA ON MY DACA". Así rezaba una ingeniosa pancarta enarbolada por una joven "dreamer" durante una manifestación en defensa del DACA cuyas siglas en inglés se refieren a un programa dispuesto por Barak Obama como salvaguarda provisional para más de 800, 000 jóvenes –la mayoría de ellos mexicanos, casi el 80%-, traídos a los EE. UU, siendo niños o adolescentes, por sus padres inmigrantes y que sueñan con regularizar su situación migratoria. Se hace indispensable preguntar al gobierno mexicano sobre qué se hará desde la esfera oficial para brindarles apoyo, además del que solidariamente reciben de los connacionales dentro y fuera de México, en lo individual.
Donald Trump cumplió su amenaza. Revocó el programa DACA y lanzó la pelota a la cancha del Congreso, dando un plazo de seis meses para que legisle al respecto. Trump pronto recibirá las airadas respuestas de varios millones de voces, entre parientes y muchos amigos y compañeros interesados en darles una mano a estos jóvenes, sin excluir a los organismos defensores de los derechos humanos. Finalmente, no son campesinos analfabetos con los que están tratando, sino con chicos que se saben defender, escolarizados, bilingües, biculturales, organizados y echados pa'delante; muchísimos de ellos universitarios. Así que no se ha escrito el último capítulo de esta historia. Don't caca on my DACA, sí señor. Vale.

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